Meditación sobre las piscinas
Todo es extraño desde una butaca de avión
Todo se oculta, todo se desdibuja, las casas y las iglesias, nada
Los museos y los polígonos podrían estar vacíos,
y los cines y los teatros y las librerías,
pero las avenidas ganan, como ríos,
y los propios ríos y los lagos,
y los estadios de fútbol y los parques
y las piscinas…
Sobre todo las piscinas.
Me encanta mirar esos cuadrados y rectángulos azules muy azules, turquesas, a veces verdes, abandonadas,
redondeadas o picudas,
me encanta mirarlas al completo en zenital
imaginar a las gentes tan pequeñas ahí tan abajo, pensando en las cosas que solo se piensan desde una piscina
y entrando primero con el pie izquierdo o con el pie derecho
para que les dé suerte en una u otra cosa
y diciendo tres veces tu nombre antes de tirarse de cabeza
todas esas personas en todas esas piscinas diciendo a la vez tu nombre que me gusta tanto
las letras que lo forman que me gustan tanto
y la tilde
y cómo empieza y cómo acaba
y cómo suena en mi boca cuando le hablo de ti a la gente
o cuando te llamo porque no sé cómo quieres que corte los tomates
o dónde guardas las copas de vino o,,
cuando suave al oído, no para llamar tu atención, más bien como por el deseo de decirte algo bonito la palabra más bonita que se me ocurre,
o cuando lo veo escrito en una pantalla todos esos píxeles formando una figura que me hace sonreír formando exactamente la figura de tu nombre…
O ahora escuchándolo en esta butaca 19A de un avión de pasajeros
resonando en mí como una cueva, como una pecera, como las frecuencias para estudiar,
resonando desde tantos pies de profundidad en mi caja torácica,
todos los murmullos de todas esas personas en sus piscinas
que dicen a la vez tu nombre tres veces,
tan para adentro y tan fuerte,
que me llega hasta aquí arriba
y me tiene temblando de alegría
todo el mundo diciendo tu nombre…